Los colosos de Memnón vuelven a levantarse en la antigua Tebas
Hace 3.200 años la tierra tembló en la antigua Tebas. La convulsión causó una escabechina en el templo de Amenhotep III, el más extenso e imponente de todos los templos conmemorativos que salpican la orilla occidental de la actual Luxor. Por Francisco Carrión

Cientos de esculturas - retratos del faraón, su estirpe y sus deidades más queridas- se despeñaron vencidas por la sacudida. Solo permanecieron en pie las moles del faraón que flanqueaban la entrada al complejo. En el año 27 a.C. las figuras sedentes del monarca resistieron un nuevo seísmo. El envite, sin embargo, agrietó el coloso norte. De la pequeña hendidura nació un rumor que griegos y romanos convirtieron en la leyenda de Memnón, rey etíope, héroe de la guerra de Troya e hijo de Eos (la diosa del amanecer).

"Era una grieta estructural. La cuarcita suena. El ruido que emitía lo asociaron con los gemidos de Eos que lloraba la muerte de su vástago en Troya", cuenta a EL MUNDO el arqueólogo español Miguel Ángel López Marcos, miembro del proyecto que trata de recuperar el templo de Amenhotep III (1387-1348 a.C.) y rescatar la memoria del bisnieto del gran Tutmosis III y padre del hereje Ajenatón, enterrada por la fábula de "los colosos de Memnón" y los temblores que hundieron el recinto.

La tarea, a la que la misión arqueológica egipcio-europea ha dedicado ya dieciséis campañas, ha desvelado esta semana su conquista más lograda hasta la fecha: dos figuras colosales del faraón, cosidas a partir de decenas o cientos de piezas, han vuelto a erguirse sobre la vasta llanura que un día ocupó el templo. La primera se halla a unos cien metros al oeste de los gigantes de Memnón, escoltando la puerta del segundo pilón. El rey aparece sentado con sus brazos recostados sobre las rodillas. En la cabeza, el nemes -la especie de tocado de tela que usaban los faraones- con las trazas de una doble corona de la que solo se han hallado algunos vestigios. Y como atuendo, una falda real con pliegues. Junto a la pierna izquierda, en las jambas del trono, asoma la estatua de su esposa, la gran reina consorte Tiy. La efigie de su madre Mutemuia debía decorar el lado derecho pero permanece desaparecida.

"Han sido diez años de puzzle. Este coloso pesa 300 toneladas y hemos llegado a pegar más de 370 fragmentos. Desde piezas de 10 o 12 gramos hasta una de 250 toneladas", explica López Marcos, impresionado aún por la proeza que supuso su construcción y el traslado de la cuarcita desde las canteras de Gebel el Ahmar, cerca de la actual capital egipcia. "Me sigue pareciendo increíble que pudieran mover cientos de toneladas en un barco a contracorriente a lo largo de 700 kilómetros".

La restauración no ha resultado menos laboriosa. Sus pedazos fueron sepultados por los aluviones del Nilo en medio de un terreno arcilloso e inestable. Aparecieron en 2002 sumergidos en el agua a tres metros de profundidad. Ayudada por poleas -a la usanza faraónica- y modernos cojines de aire comprimido, una legión de trescientos obreros los recuperó del fango. En 2011, tras su paso por quirófano, el cuerpo -a falta de testa, torso, pie y rodillas- fue colocado en un pedestal consolidado con cemento. Y ha sido durante esta campaña cuando ha recobrado las extremidades, incluida una cabeza de 16 toneladas.

El segundo de los colosos presentados en sociedad está ubicado cerca del lugar donde se alzaba la puerta norte de un recinto que consta de tres patios, un peristilo, una sala hipóstila y un santuario. Son trece metros que se yerguen hacia el cielo con Amenhotep III de pie, enfundado en la corona del Alto Egipto y un rollo de papiro asido en cada mano. "Se trata de la mayor reconstrucción realizada hasta la fecha", apunta López. Para la próxima temporada, que arrancará en noviembre, le aguarda la misión de recomponer y levantar las parejas de ambos colosos.

Piedra a piedra, el más espectacular de los templos de Millones de Años (como se denomina a los templos funerarios del Imperio Nuevo) descubre sus tesoros. "Estamos devolviendo la vida a unos monumentos que se hallaban abandonados; proporcionando un poco de dignidad al templo y recuperando parte de la gloria del constructor de este recinto, Amenhotep III", declara a este diario la arqueóloga germano-armenia Hourig Sourouzian, directora del proyecto. Tras el terremoto que lo redujo a ruinas en 1.200 a.C., su arquitectura se diluyó. Por orden de otros faraones sus piedras fueron trasladadas y reutilizadas en la construcción de templos colindantes como el de Merenptah (1213-1203 a.C.) y el Ramesseum. Y en el siglo XIX, en pleno furor por la egiptología, franceses e ingleses hallaron en sus confines un buen almacén donde conseguir material para las estanterías del Louvre o el Museo Británico. Dos de las esfinges del templo custodian desde la década de 1830 el muelle de la Universidad de San Petersburgo.

Los restos que sobrevivieron a monarcas y coleccionistas estaban abocados al colapso en 1998, cuando el Fondo Mundial de Monumentos lo incluyó en su lista de los 100 sitios en peligro de desaparición. "Estaba amenazado por el agua, el salitre, la vegetación, la agricultura y el vandalismo", recuerda Sourouzian, feliz por los avances y los hallazgos. En esta última campaña, que concluyó ayer lunes, se ha desenterrado la estatua de Iset, hija Amenhotep III, entre las piernas de uno de los colosos que hacía guardia en el tercer pilón. "Es la única pareja de colosos de alabastro que existe en el mundo y la primera vez que Iset aparece en el templo", esboza la directora, empeñada en crear un museo al aire libre con las piezas recuperadas. "Trabajaremos aquí entre cinco y diez temporadas más para poner los descubrimientos en exhibición y remontar la entrada. Luego, dejaremos los patios y el resto del templo a futuras generaciones", detalla ante de confesar su quimera. "Imagino a cada rato cómo sería el templo y sueño con la idea de regresar en el tiempo y poder ver como era".

Fuente: elmundo.es
 
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