Gótico de California
Aquello que resultó imposible al todopoderoso magnate William Randolph Hearst lo han logrado estos hombres humildes. Sin hacer alardes, sólo con la fe en lo divino y en lo humano. Un milagro de perseverancia. Por Francesc Peirón

Decimos que este es el edificio más antiguo de Estados Unidos, je, je, je", bromea el padre Anthony. "En Estados Unidos, al menos por lo que sabemos, no hay nada como esto, una construcción del siglo XII, una de las primeras muestras del gótico, con un uso real y que no es una pieza de museo", insiste este monje vestido de campesino.

Monta una bicicleta chopper, más propia de un niño o de un bohemio. "Me la he diseñado yo", aclara. Ha cumplido los 78 y es el director general de esta orden cisterciense asentada en la abadía trapense de New Clairvaux, al norte de California, entre viñedos y árboles frutales.

Bien visible, junto a un edificio singular y brillante por su reciente construcción, emerge un cartel, de fondo azul y letras blancas, en el que se lee: "Santa María de Óvila, Trillo". A varios miles de kilómetros de su asentamiento original, un retazo de Guadalajara y de la historia de España –la que evangelizaba al mundo y la negra de la decadencia– ha tomado cuerpo gracias a la devoción a prueba de fatigas de esta congregación de religiosos.

Un montón de piedras muertas ha vuelto a la vida a los ochenta años de su expolio y su destierro. Han resucitado. Ellos las denominan "piedras sagradas".

A Hearst, un cazador de tesoros arquitectónicos en la miseria hispana, se debe la compra de buena parte del complejo ubicado a poco más de 160 kilómetrosde Madrid, del desmontaje y el traslado a Estados Unidos. Once barcos partieron del puerto de Valencia. Sucedió a principios de los años treinta del pasado siglo. Al empresario de la comunicación
–´Ciudadano Kane´, según Orson Welles–la Gran Depresión de 1929 le dejó muescas en la fortuna. Desistió de realizar su remonta y donó el material a la ciudad de San Francisco. El cargamento acabó en el parque del Golden Gate, abandonado y olvidado, al albur de la intemperie.

Si de algo carecen los monjes de New Clairvaux es de dinero y prisas. Si algo les sobra es paciencia y devoción por sus antepasados. Les llevó cuatro décadas, pero se hicieron con las piedras.

Han tenido que transcurrir casi dos decenios más para que la sala capitular de Santa María de Óvila, la parte más noble del viejo monasterio castellano, su corazón, se destaque sobre el horizonte, otra vez en pie, prácticamente concluida.

Estos bloques casi milenarios han cubierto un largo trayecto desde territorio cisterciense a la vera del Tajo, hasta acabar regresando a tierra del císter en el nuevo mundo. "Este edificio tiene un enorme valor para la orden. No son sólo piedras –resuenan las palabras del padre Anthony al cobijo del techo abovedado–, sino que van más allá de lo material y se transforman en algo espiritual. ¿Ves este anillo? Me lo dio un amigo. Es un objeto simple, pero me recuerda a mi amigo. Esto (toca uno de los bloques) significa lo mismo".

Este viaje a Vina, el término en el que se encuadra este cenobio, arranca en San Francisco. Son casi tres horas de carretera. En el momento de aparcar el coche, sobrecoge la sensación de aislamiento "del mundanal ruido". No se ve un alma.

El lagar vinatería está abierto, aunque se halla desierto de humanidad. Tampoco responde nadie al otro extremo del inmueble donde se combinan una oficina y un almacén con maquinaria y aperos de labranza. Enfrente, en cambio, el acceso al hogar de los religiosos sí dispone de una puerta cerrada y placa informativa: "Recinto monástico, sólo para la comunidad".

¿Hay alguien en casa? Unos metros más allá, se otea la sala capitular.

De pronto se escuchan ruidos procedentes de la oficina. Allí aparece una mujer, que se ocupa del teléfono y las gestiones administrativas. La entrevista concertada con el abad, el reverendo Paul Marck Schwan, no podrá ser. "Ha regresado de un viaje por Asia y ha llegado enfermo", explica la empleada.

–¿Y?

–No se preocupe, otros monjes no tendrán problemas para hablar.

Sólo hay que esperar. Todavía es pronto. No es que no madruguen, no. La primera oración la tienen a las 3.30 de la mañana. El portalón continúa cerrado hasta las nueve, que es cuando salen a emplearse en las tareas agrícolas.

El hermano Pierre se deja ver el primero. Luce gorra del equipo de béisbol de los Oakland Athletics y sudadera azul, un tipo juvenil cumplidos los 82. Abrazó la religión a los 22 e ingresó en una cartuja de Kentucky. En 1955, hace 58 años, se mudó aquí. Él es uno de los dos monjes que han residido en Vina desde su fundación. El otro es el padre Thomas Davis, de papel fundamental en este relato de tintes épicos, que también viajó con él desde el mismo monasterio de Kentucky.

"En el Young Memorial Museum (al que el municipio de San Francisco cedió la gestión del legado de Hearst) estimaron nuestra capacidad para la reconstrucción", subraya el hermano Pierre.

Entonces irrumpe en escena el monje de la chopper. El padre Anthony tampoco aparenta que sea casi octogenario.

"¿No parezco tan mayor?", pregunta orgulloso.

"Los monjes acostumbramos a vivir mucho. Probablemente porque nuestra vida es muy ordenada, sin el estrés de la gente corriente. También comemos... bueno, no comemos carne".

Deja su bicicleta y asume el papel de guía. Rememora su trayectoria, su infancia en Filadelfia. Se licenció en Negocios e Ingeniería. Por razones laborales se mudó a Milwaukee (Wisconsin). "Hacía mucho frío, y a mí me va el clima cálido", así que se trasladó a California. "Me enamoré de San Francisco", afirma.

Trabajaba, se sentía satisfecho con su existencia. Había algo, sin embargo, que no le encajaba. "Yo deseaba tener, como mi madre, una familia extensa. Quería casarme, pero no encontraba a la chica", confiesa.

En esa época de incertidumbre, contactó con una comunidad religiosa, de los dominicos, aclara, y le cautivó. Tenía 27 años. Volvió a los libros para estudiar Filosofía y Teología. Se ordenó sacerdote, y le enviaron a una parroquia pequeña. No se sentía bien. Estaba solo. Demasiado.

Un amigo le recomendó que contactara con los monjes cistercienses, que siguen la regla benedictina: promueven el ascetismo, el rigor litúrgico y dan valor al trabajo manual, con fama de cultivar la tierra y la cultura. "Vine, vi y me convenció, me interesaba una gran familia y aquí la hallé". Ingresó en1972, alos 37 años.

En cuanto se instaló supo del anhelo por recuperar el tesoro de Óvila. El relato se remonta al siglo XII, cuando el rey Alfonso VIII mandó construir en 1167 el monasterio de Santa María de Óvila en esa zona central de la península Ibérica. El monarca pretendía que los monjes cistercienses ocupasen y defendiesen esos terrenos arrebatados a los musulmanes.

Debía ser un faro de producción para atraer el asentamiento de cristianos. El patrimonio del monasterio fue creciendo y alcanzó una gran riqueza en la baja edad media.

Su destino viró hacia el desastre. Las guerras civiles de los siglos XIV y XV provocaron la despoblación de la comarca, lo que supuso el comienzo del declive de Óvila. Los religiosos se vieron obligados a malvender sus propiedades.

Un decreto de la reina regente María Cristina de Borbón puso fin a la vida en el convento en 1835. Sólo un año después, la desamortización de Mendizábal acabó definitivamente con el monasterio, que pasó a ser propiedad del Estado.

Quedó en el olvido hasta que en 1928 lo compró por 3.000 pesetas el banquero Fernando Veloso. En 1930, esta propiedad se cruzó en la visión panorámica de Arthur Byne, el marchante de arte que asesoraba al multimillonario editor de prensa sensacionalista. Entonces este ya había erigido San Simeon, o como se conoce hoy, el castillo de Hearst, en la costa central de California.

En aquellos días, Hearst perseguía construir algo todavía más magnífico cerca del monte Shasta, en el bosque, a unos190 kilómetrosal norte de Vina. En ese lugar, denominado Wyntoon, disponía la madre del magnate de su mansión de verano, que había salido mal parada de un fuego devastador. Pretendía convertirla en una fortaleza medieval de ocho plantas con vistas al río McCloud.

Ese era el destino que pensó dar a sus adquisiciones en el abandonado recinto manchego. Veloso le vendió la iglesia, el refectorio, la sala capitular, el dormitorio de los novicios y parte del claustro. Una vez que lo tuvo todo en su país, desistió de su empeño. Los negocios no marchaban bien. Idéntica suerte corrió otro monasterio cisterciense, el de Sacramena o de San Bernardo de Claraval, en Segovia. Hearst se lo llevó en 1925. En este caso, lo olvidó cuando lo tenía depositado en Nueva York. Con el tiempo, otros millonarios lo recompusieron en Miami, donde en la actualidad desempeña la doble función de atracción turística y, en parte, parroquia.

Las piedras de Óvila languidecían en el parque del Golden Gate en septiembre de 1955. En esa fecha, dos jóvenes monjes dejaron su retiro en Kentucky para ingresar en una nueva comunidad en Vina. El padre Thomas Davis y el hermano Pierre viajaron a San Francisco, etapa previa a su destino final.

Aficionado al arte, el padre Thomas se apuntó a una ruta turística por la ciudad. Al recorrer el entorno del más famoso puente de esa urbe, al trapense no le pasó inadvertida la montaña de piedras. Preguntó. El guía le explicó de dónde procedían y cómo y por qué estaban ahí. "Sabía algo de arquitectura y me interesó", recuerda más de medio siglo después. Por amor al arte y por tributo a su orden, en su mente y en su alma brotó "la idea de buscar la manera para conseguir su reconstrucción".

La nueva congregación hizo de esa inspiración su objetivo. Años de presión y de insistencia persuadieron en 1994 al municipio de San Francisco para que les entregaran las piedras con el compromiso de someterlas a una profunda restauración, que se prolongó una década.

El camino del sueño a la realidad no ha sido fácil. Entre otras razones, como en cualquier abadía de los países del primer mundo, New Clairvaux ha ido perdiendo religiosos, sin que se haya producido una renovación conforme han ido envejeciendo y muriendo. El padre Anthony señala que, al llegar él, había 40 frailes, "40 años más jóvenes". Hoy son 22, de los que la mitad son octogenarios y los otros están en el umbral de esa edad o cerca.

En una de las dependencias del complejo de este cenobio cuelga una fotografía de los restos que quedan del monasterio en España, del estado actual de Santa María.

En una espiral espaciotemporal, este reportaje se desplaza hasta Trillo. Poco antes de entrar en esta localidad de Guadalajara se indica el desvío hacia la antigua cartuja. Justo antes de acceder al último tramo de la ruta, ya en la vaguada enmarcada por la sombra de filas de árboles, emerge una placa, de fondo azul y letras blancas. Bastante más descascarillada que la de Vina, aunque informa sobre lo mismo: "Santa María de Óvila, Trillo".

Al fondo está la verdadera imagen de la fotografía colgada en una pared de New Clairvaux. El destrozo que se observaba en diferido resulta de una elocuencia tremenda en directo. "Tan sólo un año después de este irreparable daño (en referencia al desmontaje perpetrado por Hearst), el 3 de junio de 1931, el gobierno dela Repúblicadeclaró las ruinas de Óvila monumento histórico artístico nacional", remarca el panel al lado de la arcada principal.

La magnificencia cisterciense, transformada en finca agrícola privada y paraje de caza, luce como un corral o un pajar de grano, o un garaje para coches o un tractor. Destartalado, adaptado a almacén, desfigurado por el hormigón, los ladrillos y las chapuzas realizadas para tapar los desperfectos por el paso del tiempo. Asegura que ahora está "limpio", que antes era una cuadra. Pero en su descomposición y mal trato aún se perciben trazos de un esplendor añejo.

Camino arriba se llega a la casa del dueño, que reside en Madrid. Un coche desciende de esa cumbre. "El jefe nos explicó que los americanos lo robaron", subraya el masovero.

De regreso a California, el padre Thomas comenta: "He visitado España en bastantes ocasiones y, por supuesto, he estado en Óvila para ver el sitio original". Esos viajes les ayudaron a resolver el gran enigma que afrontaron. Décadas de abandono, de sufrir actos vandálicos e incluso cinco incendios provocaron la desaparición de las claves y los números que había en cada piedra para proceder a su montaje. Los monjes se hicieron con
el puzzle, pero sin instrucciones ni referencias.

Desarrollaron modelos informáticos a partir de fotografías de Santa María de Óvila. En la tarea contaron con el asesoramiento de José Miguel Merino de Cáceres, catedrático de Historia dela Arquitecturadela Universidad Politécnicade Madrid, quien lamenta que en los avatares del trasiego de un continente a otro y su abandono se ha perdido cuantioso material. Hasta ahora sólo había sobrevivido la portada, ubicada en el campus dela Universidadde San Francisco.

Autor de diversos libros sobre el patrimonio perdido, Merino de Cáceres sostiene en una conversación telefónica que la sala capitular de Óvila "era una pieza singular en el contexto de la arquitectura cisterciense en España". "Por su tamaño –prosigue– era la segunda en Castilla, después de la del monasterio de Las Huelgas, de Burgos, y pareja a la de Poblet entre las catalanas. Por su formalidad, hemos de considerarla excepcional".

Este verano hizo una visita de obras. "Les he dejado algunas indicaciones. Han de afinar y ajustar un poco más, y han de entonar las piedras nuevas para darles homogeneidad cromática", comenta.

En valoración del padre Thomas, que en su día ejerció de abad, algo más del 60% del total se ha reconstruido con piedras originales, muchas procedentes de la sala capitular y otras de diferentes partes del complejo de Guadalajara. Las piezas contemporáneas se han extraído de Texas por su similitud con las que había en España.

No sólo con la fe han recuperado su pasado. Un primer presupuesto se elevó a tres millones de dólares. La generosidad ciudadana les permitió arrancar. Al poco surgió otro impedimento. Las autoridades estatales les obligaron a introducir protecciones contra terremotos.

"Teníamos que empezar otra vez el proceso, y el precio se disparaba", sostiene el padre Anthony.

Gracias a donaciones y a la colaboración con la cervecera Sierra Nevada han logrado recaudar siete millones. Y están en plena labor para conseguir los dos millones que calculan todavía requieren para concluir la restauración.

Algo se percibe en este microclima de New Clairvaux. Predomina el buen humor.

–¿Satisfecho con su vida?

El padre Anthony reacciona divertido.

–Es una vida maravillosa.

Fuente: lavanguardia.com
 
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